Escribir de nuevo desde la terraza de Cinèma Utopía. Como quien vuelve a la casa familiar. Aquí, en la Place Camille Julian, la vida se observa y saborea despacio. Un niño baila flamenco gracias al arte de un músico callejero, mientras anoche se proyectaba Sirat. Bordeaux siempre sorprende y a mí casi se me había olvidado lo que es caminar por sus empedradas calles sin prisa.
‘Quiero ser, quiero ser libre’ toca el músico a la guitarra. Hay gente que se para, que mueve el pie y aplaude. Alguno echa alguna moneda. Muchos pasan de largo a pesar de que es un buen regalo escucharle. Es una buena metáfora del mundo actual. Mucho individualismo, mucho ruido y poca calma. Y ahí acabamos encerrados un poco todos a pesar de querer una vida slow.
Admirar cada vez más una buena conversación con un mejor vino, un chocolate caliente en invierno, hablar de la filosofía que lo impregna todo, de temas tabú sin sentirnos juzgados, eso es sin duda vida slow. No hace falta tampoco irse a las Maldivas a una playa paradisíaca ni perderse en una montaña nevada. Pero sí y mucho, echar un poco el freno a estos días que pasan muy rápido y con poca reflexión.

No hay nada como parar para darse cuenta de lo rápido que vivimos. Agotamos los últimos días de diciembre haciendo una parada en el CAPC Museo de Arte Contemporáneo de Bordeaux donde estos días expone la donostiarra Maider López. Nos detenemos a deleitarnos con una cata de tres chocolates. Antes lo hemos hecho con un buen vino Saint Emilion. Nos salimos de las calles más turísticas, callejeamos y huímos de los tours. Solo buscamos dejarnos sorprender y perdernos un año más por este Burdeos que nos apasiona. Y casualidades de la vida, encontramos a un par de buenos amigos en el Apolo. Eso sí que es buena suerte.