Desaprender. Volver a lo esencial, a lo primario. Despojarse de todo, menos de lo que de verdad importa. Porque al final de todo, el lujo era esto. Las cosas sencillas. Lo cotidiano. Despertar sin prisa y sin despertador. Pasear cuando te apetece por la orilla del mar. Ver el atardecer entre conversaciones. Volver a ver a personas queridas.

Nos hemos creído que hay que hacer mucho incluso en vacaciones. Visitar hasta la última piedra del lugar al que uno va. Ayer un amigo me preguntaba si aquí, en nuestro particular paraíso vacacional, hacemos turismo cultural. Y lo cierto es que no como lo entendemos. Pero sí desde una manera muy íntima… disfrutamos de las playas cuidándolas como un bien cada vez más preciado. Recogemos basura si las vemos sucias. Nos interesamos por cómo viven personas a las que apreciamos. Nos enseñan a navegar. Degustamos platos típicos y aprendemos recetas de cocina de toda la vida.
Aprender. A bajar el ritmo sin sentir culpa. A no contestar mensajes y a que no pase nada. A elegir cada vez más en qué y con quién destinar energía. A quitar cosas de la agenda que no nos llevan al lugar que queremos. A saber que la vida son etapas y que hay personas que no están en ésta y no pasa nada. A escucharnos. A vivir lento, muy lento. Y a disfrutar salvajemente este agosto eterno…