A veces regresar a la infancia es pasar una tarde con la primera persona que te ofreció su amistad. Cuando yo empecé a tener uso de razón, ella me doblaba la edad. Y aunque ahora solo nos llevamos dos años, sigo sintiendo la misma admiración y respeto que sentía entonces por esa niña que me doblaba la edad y aún y todo ‘me hacía caso’.
Han pasado muchos años y nos han separado muchos kilómetros, pero también vivimos muchos años puerta con puerta. Nuestras casas estaban unidas no solo por paredes, también por lazos estrechos y por una sensación constante de estar los unos para los otros. Teníamos una bonita manera de comunicarnos: dábamos dos puñetazos en el azulejo de la cocina y nos asomábamos a la ventana para charlar. A veces era para pedir un poco de harina para una tarta, otras para preguntar si salíamos a jugar a la cuerda. Era la manera de preocuparnos y de estar presentes.
Cuando el individualismo aún no había llegado para quedarse, los vecinos eran familia. Nuestros padres cogieron una buena costumbre: cada viernes por la noche nos juntábamos en una u otra casa para tomar café con pastas. Veíamos el ‘Un, dos, tres’ y mientras ellos charlaban, nosotros ensayábamos un teatro que inventábamos y representábamos. A menudo también nos disfrazábamos. Me sigue reconfortando volver a esa casa, conversar con ellos y sentir parte de esa infancia de nuevo.
Ella mantiene intacta su sonrisa, a pesar de los palos de la vida. Es auténtica, leal, valiente (muy valiente) y además ha criado a un hijo inconformista, de los que va a luchar por las utopías mientras otros adormecen tras una pantalla.
Y yo hoy solo quiero decirle lo afortunada que fui de nacer y que ella ya estuviera aquí para marcarme el camino. Y, sobre todo, de crecer sintiendo que tenía una amiga al otro lado del azulejo de la cocina.